Pedazo de artículo para leer con tranquilidad

La dictadura capitalista                                                                                                redimensionar Ángel Dorado. Publicado en Diario Castilla La Mancha

Con demasiada frecuencia, tertulianos del centro extremo y medios de comunicación de esa tendencia ideológica, todos ellos muy «liberales», se lanzan a tumba abierta contra los regímenes totalitarios impuestos por partidos comunistas, como si fuesen los únicos que en el mundo han atentado y atentan contra los derechos humanos.

Así pues, mientras los «liberales» y millones de ciudadanos condenan, y con razón, las dictaduras llamadas comunistas, se olvidan al mismo tiempo de girar la vista hacia la dictadura capitalista que se da en países considerados democráticos. En ellos, embozados en la democracia, se permite, legalmente, la explotación de millones de seres humanos condenándolos a la miseria como en estos momentos se está produciendo en España con tres millones de personas en pobreza extrema y otros doce bordeándola, aunque lo más grave es que no tienen ninguna esperanza de salir de esa situación.

Por lo tanto, en los países democráticos en los que impera la dictadura capitalista, y nosotros sin enterarnos, se puede considerar, como decía el barón de Montesquieu (1689-1755), que «no existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes con apariencia de justicia». El embozo mencionado.

El capitalismo en su historia ha causado más muertos que todos los regímenes totalitarios como el nazismo, el estalinismo y el fascismo. A este respecto, conviene tener en cuenta que los democráticos y capitalistas EE.UU. entre 1945 y 2005 han intentado derribar más de 40 gobiernos extranjeros y aplastar más de 30 movimientos populistas-nacionalistas que luchaban contra regímenes intolerables. En ese proceso «liberador», los EE.UU. causaron la muerte de varios millones de personas y condenaron a otros tantos millones a una vida de agonía y desesperación, según datos recogidos por el escritor estadounidense William Blun.

En la lista del genocidio también se cuenta a los ingleses con sus masacres de Kenia y los despojos de la antigua Rodesia, a los franceses por lo que robaron de Dakar y de Costa de Marfil, a los alemanes con sus campos de concentración en Namibia y el diezmado pueblo hebreo, a los belgas con sus atrocidades en el Congo, así como a los portugueses con sus excavaciones depredadoras en busca de oro en Angola y sus cacerías de esclavos en Mozambique.
El capitalismo sigue siendo, incluso más ahora, cruel y exterminador, extendiendo por doquier la explotación de seres humanos de forma inagotable en una disimulada, o no, esclavitud. Las fuerzas tenebrosas monopolizan la riqueza y por ende la injusticia. Hombres sinvergüenzas y sus amigos políticos tienen el control de los gobiernos democráticos. Controlan los bancos, las industrias y gran parte de la prensa. Controlan los medios que la gente tiene para vivir.

Controlan la forma en que la gente debe conocer el mundo exterior.

El sistema tal como está hay que cambiarlo con una revolución social y democrática de la dignidad. Hay que conseguir un sistema mundial integrado para que todo el mundo tenga lo que necesite y que todo se desarrolle para todos. Las grandes estafas que se han dado y se dan en la historia no han sido obra de dios o de fuerzas superiores. Han sido claramente el resultado de la concentración de demasiado poder económico en las manos de muy pocos hombres, quienes defienden el orden, su orden, frente al caos que, para ellos, traería la economía socializada.

En cualquier caso, la operación está siendo todo un éxito, han conseguido que parezca una crisis lo que es un enorme saqueo y negocio global. Así pues, si el rico roba al pobre se llama negocio, pero cuando el pobre pelea por recuperarlo se llama violencia.

El capitalismo rechaza la intervención del Estado, defendiendo con uñas y dientes el libre mercado, desregulando la economía para desmantelar el Estado del Bienestar, privatizando a diestro y siniestro, siguiendo la ideología del Colegio de Chicago, esto es, el capitalismo debe estar completamente descontrolado. Por tanto, el precio que hay que pagar por la llamada «libertad económica» para unos pocos es demasiado alto si se compara con el desempleo y la miseria de millones de personas.

Preocupante es también que la idea del capitalismo se haya instalado profundamente en las sociedades, no así la idea de la socialización para el control democrático de la economía, puesto que la democracia debe ser algo más que dos lobos y una oveja votando qué van a comer.

El capitalismo pretende, pues, imponer el «pensamiento único» para destacar el dogma neoliberal entendido no solo como un sistema económico sino como una concepción global de la vida social. No obstante, para muchos millones de personas en todo el mundo cada día está quedando más claro que la democracia y el capitalismo financiero son incompatibles entre sí, puesto que este está acabando con la democracia. También resulta evidente que los supuestos gobiernos del pueblo que postula la democracia son, como ya se apuntó, ampliamente superados por grupos de presión que toman sus decisiones en anónimos despachos distribuidos por todo el mundo. Un ejemplo lo tenemos en Europa, donde el Estado del Bienestar está siendo desmontado poco a poco para sustituirlo por la gestión privada de los servicios públicos sin que se haya realizado una consulta a los ciudadanos.

Los capitalistas y sus voceros argumentan que no existe otro modelo alternativo, para lo que se apoyan en el fracaso de las políticas comunistas en la Europa del Este. Estando de acuerdo con ese fracaso, tenemos que contar igualmente los innumerables habidos en la historia del capitalismo si aceptamos que el éxito de un sistema económico se mide por su capacidad para cubrir las necesidades básicas de los ciudadanos. Sobre este particular hay que recordar que en la actualidad menos de la cuarta parte de la población mundial tiene garantizados los derechos fundamentales de bienestar, mientras millones de personas mueren de hambre cada año.

Paralelamente, los activos financieros especulativos alcanzan cifras astronómicas cuya gestión escapa a cualquier control democrático y que no se invierten para nada en atender las necesidades reales de las personas. Todo ello se produce con la complicidad de los gobiernos democráticos que mansamente aceptan las órdenes neoliberales que les dicta la Troika y el poder financiero interviniendo la democracia. Órdenes que no se pueden desobedecer, salvo que se haga con la democracia y los derechos humanos como bandera y de esta manera poder encontrar la fórmula para romper con este sistema injusto, siendo consciente de que es muy difícil desafiar al capitalismo financiero. Los dueños de gran parte de la riqueza mundial, escasos pero grandes acaparadores, no van a renunciar a su enorme botín sin oponer fuerte resistencia, la cual puede llegar al límite como han demostrado a lo largo de la historia.

Por otra parte, Europa ahora nos ahoga y destruye nuestras vidas, mientras que la llamada históricamente izquierda, formada por los partidos socialistas y socialdemócratas, está como cansada, desaparecida y dice cosas insustanciales, sin olvidar sus traiciones a la clase obrera a partir de los años setenta. Se ha quedado sin espacio en el régimen capitalista. Se ha convertido en servil gestora del mismo.

Así pues, si durante un tiempo fue posible el Estado del Bienestar es porque las izquierdas habían sido fuertes y capaces de imponer un pacto social, que más tarde sería una trampa porque se desmovilizaron y pasaron, como se dijo, a gestionar un Estado capitalista que no estaba al servicio de la clase trabajadora, sino al de la necesidad de un consumo masivo que el Estado del Bienestar a base de créditos hizo posible. Y ahí, en esa trampa, quedó cazada la clase trabajadora, con su conciencia e identidad debilitadas. Es más, quedó comprada con el falso sueño de la cogestión con el capital y la puerta de la trampa quedó sellada, por el momento.

El panorama expuesto es lo que la democracia permite a la dictadura capitalista. No obstante, aunque las cosas estén tal mal y den la sensación de que el mundo camina hacia la catástrofe, es imposible que permanezcan así eternamente, quedando, pues, margen a la esperanza. Esperanza que muchos vemos en la sociedad socialista profundamente democrática, la cual nada tiene que ver con los regímenes dictatoriales autodenominados socialistas. Largo me lo fiáis, rediez.
 

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